No cars go

Vamos a ponernos a imaginar. Todos juntos de una vez. Ese lugar mágico donde habitan los sueños. O las pesadillas. Qué más dará. La mente como guía. Y puede que esté durmiendo, soñando, muerta o en el metro. No importa el lugar de dónde nació la idea originaria. Vuelvo a empezar. Puedo respirar mi piel de gallina, como si tuviera mucho frío, como si algo me acariciara. Siento, y siento, y siento. Mis pies se mueven solos, ataques imaginarios. No cars go ¡Estoy dentro!Garabatos Sábado

Arcade Fire, segundo disco, Neon Bible, cuarto single. Y no me pueden alcanzar en este compás. Porque yo entro con la música a ese lugar donde los sueños nacen. O las pesadillas. No importa cómo tocamos la música, importa que nuestros oídos sean capaces de tocarla, con sus relieves y montañas. Importa que sólo nosotros mismo podamos pasar por sus caminos, sus curvas y tropiezos. Porque al lugar donde me transporta Arcade Fire, los coches no llegan. 8 años desde que nos trasladaron por primera vez a este extraño lugar sin camino. Puede que pertenezca a Canadá. Se mueve, cambia de lugar y forma. A lo mejor se trata de San Borondón, puestos a imaginar. Un espacio mutable que se forma con nuestros deseos y anhelos, con el ritmo cambiante de nuestra pulsaciones al escuchar, solo escuchar. Yo estoy allí ahora, y es precioso, no se pueden imaginar lo pedregoso del camino. No entenderían como pude entrar a través de la roca, ni las vistas privilegiadas que veo. La cuestión es que no quiero despertar, y me queda poco. Cinco minutos con  cuarenta y tres segundos para escapar a otro mundo a través de mis auriculares.  Cinco minutos con cuarenta y tres segundos, que acabarán y mis auriculares me escupirán al mismo lugar de siempre.

Una última vez. Volvamos a atravesar el sendero de los instrumentos. Vamos despacio, poco a poco, hasta acabar perdidos en medio de la belleza, en medio de la perfecta sensación de que un sonido te toque el corazón, el interior de los párpados y el reverso de la piel. Y como imaginar es gratis, y es el único medio de alcanzar los sueños, me imagino al lado de un escenario que vibra, que suda sonido, con 6 protagonistas: Régine Chassagne, Win Butler, Richar Reed Parry, William Butler, Jeremy Gara, Tim Kingsbury. Y muchos coprotagonistas invitados. Haciendo milagros con instrumentos pesados. Y yo toco el sonido, y vuelvo al lugar con el que siempre soñé, me teletransporto a una realidad mucho más perfecta de lo que mis viejos auriculares consiguieron alcanzar….¡Au! Siempre que me escupen me duele, malditos aparatos. Seguiré soñando en los siguiente cinco minutos con cuarenta y tres  segundos.

Texto: Cristina Jerez Jiménez

Imagen: Kimberly Doe Burgazzoli

Puzzles de armario

Me dice mi abuela que por favor, por lo que más quiera, ordene el armario. Y se lleva las manos a la cara, como El Grito de Munch. Que cómo es posible que pueda encontrar algo entre tanta maraña, dice. Que parece el barranco de La Horchilla. Y la verdad es que mi armario no daría el pego ni para un tráiler de película postapocalíptica. Pero el caso es que encuentro mi ropa aunque las camisetas no estén perfectamente alineadas, con un espacio entre una y otra medido por láser industrial, sin una sola arruga. Así que lo que le reprocho a mi señora abuela es que, si solo yo me voy a acercar a mi armario, ¿por qué ponerle orden? O, dicho de otro modo, ¿por qué ponerle lo que, para quien no verá jamás las profundidades de mi barranco doméstico, es orden? A veces pecamos de metódicos, y lo peor es que no lo entendemos.

Me pregunto, entonces, qué es el orden. “Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”, me cuenta la RAE. ¿Y quién dictamina el lugar de mis bufandas, camisetas, pantalones? ¿Quién decreta dónde debe colocar la anciana del 5º su redecilla cuando, por las mañanas, libera su melena? Quizás uno de los muchos errores que comete el ser humano es el de permitir que le impongan un orden externo. Un orden que, al fin y al cabo, condiciona nuestra vida de una forma que raya en lo insoportable: ya no es lo práctico o lo bello o lo personal lo que prima, sino lo correcto. Y cuando alguien pregunta, ya fuera de sí, por qué demonios tiene que hacer la cama si en unas horas volverá a deshacerla, nos reímos. Porque nos tronchamos ante lo que no está recogido en el tácito acuerdo del más puro convencionalismo social. Y no pensamos que, para cualquier otra persona, esa camiseta colgada de lado en la percha de los pañuelos que se anudan en la pernera de un pantalón del que penden unas bragas puede ser la perfección. Y ese vaso que corona la mesilla de noche puede esconder, en su culo, un billete de avión. ¿Y qué importa? Es el lugar que le corresponde. Porque, para mí, el orden es un vaso vacío.

Es importante comprender que el orden que se nos vende como lógico también puede romperse. Que la vida no está escrita, y mucho menos firmada. Y eso a veces no es sólo cuestión de armarios. La estructura que nos constriñe no es irrompible, aunque la falta de aire nos cuente que es ferrosa. La cosa está en saber qué cuestionar, cómo actuar, y en no esperar que una oxidación repentina o las consecuencias de una fortuita obsolescencia programada terminen por salvarnos. Es necesario saber dónde termina lo esencial y colocar poquito a poco, como las piezas de un puzzle de armario, las ideas.

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Texto: Aida González Rossi

Fotografía: Efecto coriolis – Pedro García Lorente

Cuentas para contar

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– Uno, dos, tres, cuatro…

Entro a la cafetería a por mi café de cada mañana, y  veo a Enrique sentado en una silla y con una libreta en la mano.

– Cinco, seis, siete…

-¿Qué haces Enrique? ¿Sacas cuentas?  -Le pregunto con curiosidad.

– No, solo cuento.

-Pero contarás algo ¿no?

-Claro, cuento los números. ¿Qué más necesito? Los números se cuentan.

– Ya, pero…  (Suspiro) A ver, ¿qué haces exactamente? Cuéntame qué haces anda.

-Los números están para contar. Te cuento que hago cuentas con los números que estoy contando.

Pensativo y testarudo, Enrique parece ignorar mis preguntas para cachondearse de mí.

– Lo que tú digas…

Me aparté de su lado y me senté solo, extrañado ante su actitud. ¿Estaría molesto por algo? Quizá solo necesitaba estar solo y esa es su forma (peculiar) de expresarlo. Pero el caso es que la mañana siguiente volví a pasarme por la cafetería y volví a verlo ahí, en el mismo sitio, con la misma libreta, con el ceño fruncido y la calculadora en una mano. Preparo mi mejor sonrisa.

– ¡Buenos días Enrique! Otra vez por aquí ¿qué tal te encuentras hoy?

– Bien, gracias.

– ¿Estás trabajando? ¿es eso? Te noto muy -elijo la palabra con cuidado- concentrado desde ayer.

– No, bueno, estoy ocupado, estoy contando.

Seguía con ese cuento. De verdad, no entendía nada. Si le pasaba algo ¿por qué le costaba tanto contármelo? Contar, contar, ¿contar qué? ¿qué sentido tenía aquello? Me estaba poniendo más nervioso por momentos. Me despedí con cortesía y tras tomarme mi café un tanto disgustado me fui.

Al día siguiente, no de mañana sino mucho más tarde, volví. Esta vez más desesperanzado, la actitud de Enrique me había frustrado y no esperaba conseguir una respuesta lógica. De nuevo, lo encontré sentado y con su libreta.

– ¡Oh! ¡Qué sorpresa! Tú por aquí contando – Le dije sin molestarme en disimular mi tono irónico.

– Claro. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Estuve a punto de acusarle de cínico con el levantamiento de mi ceja derecha, pero su mirada era seria y petulante. Iba en serio. Entonces lo comprendí. Quizá no era una respuesta lógica, pero era su respuesta. Esa respuesta me cogió por sorpresa, como una veloz palmada cerca de mi cara. Simplemente creía eso: qué otra cosa iba a hacer.

Texto: Iballa Rodríguez Herrera

Ilustración: Marcos Cexs

Las murallas se destruyen

Hay (¡ay!) veces que caen,

caen por su propio peso,

los muros no son eternos

.

Nos elevamos hacia el cielo

ladrillo a ladrillo, sin planos,

y olvidamos los cimientos.

.

Y en lo alto, en la cúspide,

mirando hacia atrás,

no ves más que una columna

.

una columna aguantando el edificio

resistiéndose a derrumbarse

mientras el techo se tambalea.

.

Hay veces que permanecen

aunque por dentro esté muerto,

la carcoma los deja secos,

.

y persisten, causando más daño

que precipitarse con todo su peso

sobre tu cabeza ya vacía.

.

Nos rodean con sus brazos

de cemento y ladrillo

.

nos ahogan cerrando ventanas

y encogiendo las paredes

.

nos enloquecen hablando suave

susurrando con voz de poeta

.

si no les hacemos la guerra

son ellos o nosotros

.

o tu y yo frente al plural

o yo en vez de ti.

.

Hay veces que los muros aguantarán

pero lo protegido, lo de dentro,

ya no da más de sí.

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Texto: Cristina Pérez Álvarez.

Imagen: Marcos Cexs.

Un pedacito de ausencia

«Pero lo malo del sueño no es el sueño. Lo malo es eso que llaman despertarse…»- Julio Cortázar

Tengo un pedacito de ausencia solapado en la chaqueta desde que te fuiste. Tía Berta y mamá te extrañan, aunque solo yo me atrevo a decir que no estás. La viejita- así la llama ahora tío Juan- te maldice día sí y día también. Las niñas están grandes, pero no saben que existes. Mamá prefiere no hablarles de un viejo borracho. Hace años que Rufo murió, por un tumor que lo tenía muy mal al pobre. Julia se fue a estudiar al extranjero y no hablamos mucho. La echo de menos. Marta tampoco está nunca por aquí, se ha ido a vivir con su novia a la capital. Yo estoy estudiando Magisterio en la Universidad y parece que todo sigue su curso. Si te digo la verdad, no estoy muy contenta. Me aburren las mismas caras insufribles. Es todo vacío. Desde que te fuiste tengo ese pedacito ahí, como un parche. Me acompaña a todos lados. Me olvido de que lo tengo puesto, pero cuando me miro en el espejo… Ya sabes, los recuerdos felices son como alfileritos que se te clavan en la ropa y que no consigues quitarte.

Tengo muchas cosas que decirte. Espero no molestarte con tanta cháchara. A veces pienso en todo lo que me gustaba de ti, no lo sé. Las manos enormes y callosas, la piel oscura, los ojos marrones, la voz ronca, algunas canas. Hoy estoy triste. He estado en la cama toda la mañana, pensando. Me han dicho que estás en un asilo o algo así. Bueno, en realidad no me lo han dicho. Se lo dijo mamá a tío Juan, y yo lo oí sin querer. Supongo que tendrás los pulmones negros como el hollín. No sé por qué te gusta tanto fumar… Cuando me desperté le dije a mamá que quería volver a verte, pero no le pareció buena idea. No es sencillo para mí, tienes que entenderlo. Después de tanto tiempo tengo miedo. A lo mejor voy y me equivoco de persona. A lo mejor no me reconoces- he cambiado mucho-. A lo mejor ni siquiera te acuerdas de mí. Puede que tampoco recuerdes mi nombre, ni el de ninguno de tus hijos e hijas.

Hoy el mundo pesa mucho. Me gustaría decirte que te quiero, pero como si tuviera cinco años. No sé si me entiendes. Borrar aquel día del calendario de la cocina de la viejita. No tener que coser ahora el hueco ese que tapa el parche. Hace unas semanas llegó un recibo de la luz con tu nombre. Soñé que era una carta tuya… Aunque no lo creas, te entiendo. Sé que eres como las lagartijas, que te escabulles entre las piedras para quedarte en tu rinconcito de paz. Que te gusta estar solo, tocar la guitarra. O al menos eso es lo que te gustaba cuando estabas aquí… Yo te quiero. Sé que todos te quieren aunque sea un poquito aún. Antes todo parecía andar bien. No sé, la viejita te quería, bebían café sobre un mantel de cuadros, sonreían en las fotos… Cosas normales.

Me pregunto si recuerdas cuando me caí en el jardín sobre la gravilla y me empezó a sangrar el codo. Me limpiaste con alcohol fuerte. Escocía. Sabes que siempre he odiado el alcohol. Luego te acercaste y me soplaste despacio. Cogiste un poco de tela vieja y me hiciste una coleta– bueno, algo parecido a una coleta- con esas manos enormes. Ahora tendrás las manos más bien pequeñas. Con la edad el cuerpo va menguando. Ya sabes, esas cosas. El pelo enmarañado y las orejas del lazo se parecían mucho a un conejo escondido entre la maleza. De esos que se asustan de los coches que pasan por el lado de la autopista.

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Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Dasaev Rodríguez Navarro

Versos tristes

IMG-20150407-WA0009Me gustaría escribir un poema alegre,
me gustaría escribir que tocas el timbre,
que traes flores blancas,
y que cierras la puerta.
.
Me gustaría escribir que estás conmigo,
me gustaría escribir que me miras fijamente,
que vemos juntos las estrellas de este inmenso cielo,
y que no existen los versos tristes.
.
Me gustaría escribir que me besas,
me gustaría escribir que la radio suena a Queen,
que lentamente me desnudas,
y que me dices que me quieres.
 .
Me gustaría hablar de que ya es primavera,
de que el sol me inunda cada mañana,
pero solo veo como llueven mis ojos
y como ya no me miran los tuyos.
.
Me gustaría, pero no puedo,
porque sé que tú ya no estás conmigo,
que nada está bien en el tercer mundo,
ni en el segundo, ni el primero.
.
Me gustaría que leyeras esto,
y que vieras que nada está bien,
ni en mi corazón, ni en mi mente,
ni en el mundo entero.
.
Texto e imagen: Nadina Rivero Bethencourt.

Las manos de Caótica

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“…como el guante derecho enamorado de la mano izquierda

Julio Cortázar

Una vez a Caótica se le ocurrió que las manos tenían que ser algo más. Que las suyas, a veces, no las reconocía en fotos. Y a veces tampoco se entendía a sí misma si se sonreía desde la pantalla; ella siempre se veía en las manos. Todo lo que hacía lo entendía desde el doblez de los dedos. Y cuando se pintaba las uñas, se miraba de otra forma. Las manos, eterno límite, siempre estaban ahí. Como una muralla por la que se asomara para mirar el mundo. Desde que lo pensó, Caótica se dedicó a contemplar las manos de todo el mundo. Cómo las movían, cómo las paraban, qué forma tenían los nudillos. Empezó a dibujar palmas y dedos. Es lo más difícil de hacer, dicen los artistas. Pero ella observaba y las captaba al vuelo, y después les daba forma con sus propias falanges en un papel que alguien, en algún momento, había cortado con las manos.

Ya llevaba un par de meses así cuando se sentó en la esquina de un bar y un tío se le quedó mirando. Tenía el pelo largo, las manos grandes. Ella también lo miraba, escondida detrás de un vaso de cerveza. Caótica era amarilla, dorada, tenía un borde de espuma en el instante en que él, dispuesto, se colocó a su lado. ¿Puedo hacerte una foto?, preguntó. Y Caótica se quedó parada. No entendía, pero en los dientes de él brillaba algo, era una sonrisa como de anuncio, como de dibujo animado. Le dijo que sí y dio un sorbo; intentaba parecer natural. Pero él encendió la cámara y el obturador eructó mientras Caótica bebía. Dejó el vaso sobre la mesa, y la mesa se volvió tambor. Le había sacado una foto a su mano izquierda. ¿Qué acabas de hacer?, soltó ella. El tío sonrió de nuevo y se sentó a su lado, y le explicó que era fotógrafo de manos. Que estaba haciendo una colección de imágenes de manos.

Follaron. Muchas veces. Con él acariciándole la columna vertebral con la yema de un dedo. Con ella rozándole la palma por encima del ombligo. Y se tocaban a veces, y él fotografió una vez la mano de ella dentro de su ropa interior. La cámara se empachó hasta casi reventar de fotos de las manos de Caótica: haciendo un zumo, tendiendo, encendiendo un cigarrillo. Quietas, a veces. Estaba ensimismada; le enseñaba sus dibujos cada vez que podía, y estuvieron estableciendo durante días una lista de tipos de dedos, de formas de uñas, de muñecas. Siempre que él pasaba a su lado mientras cocinaba, le daba un golpecito en el culo, y ella pensaba, sonriente, que la tocaba con todo. Porque las manos tenían que ser algo más. Porque las manos tenían que ser el rasgo humano total, lo más parecido a la autoimagen que ella podía dibujar de alguien. O mirar. O sentir.

Caótica iba un sábado a hacer la compra y se detuvo de nuevo en la esquina del mismo bar. Parada, sonreía. Un café fuerte, le dijo al camarero, y abrió el periódico. Echó el ojo a los titulares, pero ninguno le decía nada, así que empezó a mirar sus dedos por encima de las letras, y a rozar la tinta, a mancharse. Y al camarero se le cayó el café. El ruido de la taza rompiéndose en cachos la apartó del papel de periódico. El camarero contemplaba el destrozo sin moverse. Y justo detrás de él había un hombre que también miraba. Su hombre, el fotógrafo de manos. Y le asía por encima (como una bufanda, como un cinturón, como el anillo que parece proteger Saturno) la muñeca a una rubia. Con los dedos. De repente, un flashback: esos dedos en las bragas de Caótica, que ahora le apretaban la piel, grilletes por siempre. Ella, experta ya en engaños, lo entendió en seguida. Y se puso en pie. Todo ocurrió deprisa: alzó la mano y le dio al fotógrafo una soberana torta en la cara, trazando un ángulo perfecto; él intentó pararla, pero Caótica seguía sintiendo cómo la tela se hacía cada vez más pequeña, cómo a cada instante se le clavaba más y más. Y seguía pegándole, dándole de hostias con las manos abiertas. Porque le pegaba con lo de dentro. Con su autoimagen. Porque darle con las manos era una ofensa de verdad. Y entonces él la tiró al suelo, y con el reborde de otro periódico, exactamente igual al que había estado leyendo, le golpeó en la cara. Sin manos. Sin dedos.

Al día siguiente, Caótica se compró unos guantes.

Texto: Aida González Rossi

Imagen: Emba

Reseña | El viejo y el mar

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Título: El viejo y el mar

Autor: Ernest Hemingwat

Año: 1952

Hay varios motivos para leer y según el que tengas, deberás leer ciertos tipos de libros. Por ejemplo, si lo que buscas es un simple entretenimiento –algo totalmente respetable-, necesitas un libro que enganche, de personajes carismáticos y emoción. Yo te recomendaría “Canción de hielo y fuego” y “Los elixires del diablo”, libros muy buenos además. Si te interesa cultivarte como persona, lee ensayos y a literatos filosóficos. Aquí cabría destacar figuras como Nietzsche.

Pero si lo que quieres es una sensación emotiva, tu libro es El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, especialmente si deseas empatizar con un personaje. Yo me lo leí a principios de año –de hecho fue el primer libro que me leí en 2015-, cuando debería haber estado estudiando para los exámenes y, la verdad, es que fue toda una experiencia (les recomiendo que se la lean antes de seguir leyendo este texto)

Hemingway nos narra la historia de Santiago, un viejo pescador que llevaba 84 días sin pescar un solo pez. A pesar de ello, no se da por vencido, obviamente, por lo que decide salir a la mar. Pero antes de que su barco zarpe, tú ya quieres a ese anciano. Y ese sentimiento va in crescendo. Cuando el pez pica, te alegras como si a un familiar le hubiesen dado un trabajo después de tanto tiempo en el paro. Te dan ganas de ir a celebrarlo, si no fuera porque quieres seguir leyendo.

Y te pierdes en los pensamientos del viejo. Tú también estás en un mar, escuchándole hablar de Joe DiMaggio y desear que el chico estuviese con él. La historia avanza, la lucha entre el pez y el pescador sigue. Hasta que el viejo lo pesca, entonces llega el sumun. Todo lector con un mínimo de sensibilidad sonrío al llegar este punto. Santiago, nuestro amigo al que conocemos desde hace tantas páginas, por fin pesco un pez, que encima era enorme.

El viejo volvía con el pez remolcado, pero pasó una hora y llegó el primer tiburón. El viejo quiso defender su presa, pero no pudo. Las mordidas de los tiburones eran inevitables, como mi pobre gesto pesado. Llegó a la costa con sólo un esqueleto y se tumbó en la cama, triste, durante horas. La empatización es tal, que el lector acaba la obra de la misma forma que el viejo.

De este modo, cuando me acabé el libro sentí una pena enorme de la que intenté salir repitiéndome que todo eso era ficción, que nada de eso había pasado. Pero eso sólo me hizo odiar a Hemingway por torturar de aquella forma a mi buen amigo Santiago.

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Texto: Javier Avea Expósito.

Imagen: Fernando Angulo Herrera.

Mi hogar, mi aeropuerto

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Aviones que suben, aviones que bajan. Llenos de sangre, carne, hueso, metal. Lleno de esperanzas desesperanzada. Sonrisas que suben, lágrimas que bajan. La gente corre, grita, siente. Buscando, siempre buscando. Tratando de encontrar las vacaciones perfectas, el curro perfecto, la familia perfecta. Un conjunto de mentiras ideales que nos mueven al aeropuerto, delincuentes que pasan la frontera del pitido. Manos que soban cuerpos que no contienen lo buscado. Esperanzas guardadas en una maleta de 55×40 x20 cm. Y tanto sentimiento.

Me gusta vivir en mi aeropuerto inventado. El suelo es duro y la comida cara, pero en este espacio sin ley soy un pequeño Dios. Me gusta ver la gente ir y venir, e intuir en sus miradas entusiasmada o hastiadas, y leer entre las líneas de sus pesadas maletas, la razón de su viaje. Sus sonrisas son un poco mías cuando descubro placer, vacaciones. Otras veces mi piel queda cubierta de una capa de melancolía pegajosa. Movimiento forzoso en busca de, ¿de qué? No me gusta descubrir lágrimas de despedidas eternas. No me gusta descubrir miedo, asco, odio. Repatriados sin patria.Pobreza y Hambre, diablos rojos creados por el Dios Estado, acechan en la oscuridad a universitarios, o no, atacan en la sombra de la desesperación y obligan a tomar pateras. Pateras que cruzan las nubes, pateras sin polizones, pateras con marca low-cost que llevan lejos, lejos del hogar. Esas pateras monstruosamente aladas que convierten en lo legalmente reglado la excepción.

Los aeropuertos, tan románticos, tan míos. Cuando están tranquilos me gusta descubrir a una limpiadora, heroína de los suelos infinitos del aeropuerto, trabajando incansable. La soledad del pasillo con el runrún de su maquinaria. Cuando hay bullicio, y los extranjeros de todo el mundo se nacionalizan aeroportuarios. Con sus cintas infinitas, de maletas, de personas, escalonadas o no. Los aeropuertos siente la necesidad de estar en constante movimiento. Las tripas de un gigante que no deja de comer personas, casi al mismo tiempo que las defeca en forma de avión.

oh, mis aeropuertos, lugares donde surge el milagro. El reencuentro. Padres e hijos. Parejas de enamorados. Abuelos y nietos y padres. Viejos amigos, conocidos, compañeros de trabajo. El milagroso momento de volver a sentir el calor de otro cuerpo. Ese otro cuerpo que sabes que te quiere, que quieres. Cuerpos que se han sentido acompañados mutuamente, que se extrañan, que necesitan tocarse de nuevo, como imanes alejados forzosamente. Los reencuentros son mágicos, trágicos. Porque el reencuentro significa despedida, ruptura. Ese milagro que España ha convertido en apenas unas gotas de rocío, efímero en el tiempo, lejano en la distancia. Los reencuentros en su digna magnanimidad no perdonan los vuelos que siguen subiendo, que volverán a subir, o que bajan lejos de ellos. Monstruosos aviones símbolos de la partida. Incómodas maquinarias que clavan su hierros en tus rodillas, en tu espalda y, lo peor, en lo profundo del alma. Aviones que suben, aviones que bajan. Ojalá nunca más nadie esté obligado a tomar un avión. Que los aviones no nos roben la esperanza, que no nos roben el corazón.

Texto: Cristina Jerez Jiménez

Imagen: José Carlos Lorenzo León

Vivo como naturaleza muerta

Fluye el silencio como lo hace el viento
ojos que ya no son ojos y lo que fueran mis manos
están encarcelados, porque son y no dejan de ser.

Estoy en una lata de café, al borde de la ventana,
desde la oscuridad se ve todo más nítido, aprendes,
ves lo que está ahí aunque no pase por tus retinas.

En algún momento viví en una caja de dulces
la luz inundaba mis pupilas, pero lo único que veía
era decepciones por no encontrar la golosina.

¿Cuántas mañanas van a pasar para
volar más allá, donde se funde cielo y mar,
con los pájaros que emigran todos al compás?

Cuántas veces recuerdo el tronco de un ciprés
su porte elegante, como una vez fuera el mio
sus raíces profundamente clavadas en su sitio,

y quiero derramarme por la ventana, dejar atrás
la forma cúbica de la lata de café, colgar del borde,
olvidar el miedo al abismo y caer

pero caer hacia arriba, como caen las levedades
cuando no tienen nada que perder y todo que ganar,
elevarme como una semilla a buscar tierra fértil.

Y posarme en el suelo, absorber todo lo que ofrece,
crecer sano como un manzano, o un ciprés,
dejar mis frutos al alcance del niño y

ver cambiar la expresión a satisfacción.
Ser en potencia tantas cosas y ninguna todavía
papel, libro, idea, párrafo, página, capítulo,

quizás revolución o ciencia ficción,
carta de amor o declaración de nueva guerra,
o pintura de museo o pegada en la nevera.

No importa la forma si de algo sirve a alguien,
las personas no se quieren entre ellas. Yo quiero
sentirme tan vivo como naturaleza muerta.

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 Texto: Cristina Pérez Álvarez.

Ilustración: Texenery Rodríguez Herrera.