Utilidad de la realidad

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para qué doblegarte a la luz

de la ciudad y

los edificios hechos de latas

de coca cola

para qué delirios

de una evidencia ausente

y la enfermedad de

una ciencia exacta

.

la realidad es la fe

pero el hecho- resbalón

y el hecho- precipicio

.

ahora no

no es el momento

de despeñarte en la

taladora

.

taladora de árboles

taladora de imaginaciones

.

no puedes retroceder

al mundo

porque tu mundo está

dentro de este mundo

.

SUEÑA

aún estás a tiempo de salvarte de la vida

Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Fernando Angulo Herrera

Yo rotonda

Están construyendo una rotonda en la entrada a mi pueblo. Cada semana, al volver a casa, veo la obra. Yo no la busco. Me olvido de que ahí se mueve algo, de que mientras yo ando o como o pregunto unos obreros arman una curva de mentira. Solo la recuerdo cuando regreso. La veo y es más grande y más perfecta y cada vez más redonda. Los trabajadores son rápidos. La rotonda es distinta todas las semanas. Y cuando la oteo, el mundo se achica y se reduce a ese segundo. Los regresos se me funden, son viscosos. Mi abuelo me sube en coche a veces. Pasamos rodando por el paritorio de cemento. Me dice, mira qué avanzada va la rotonda, y cavila sobre cómo será cuando la terminen, qué les falta para que la rotonda sea rotonda. Dentro de poco acaban, cierra siempre. Yo fijo la vista en los bloques medio desnudos y me callo. La obra me da miedo. Me asustan los ladrillos. Crece, y yo no sé cómo crecen las rotondas.

Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.

Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extranjero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.

Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.

Yorotond

Texto: Aida González Rossi

Ilustración: Celeste Ciafarone

Noche de insomnio

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Tinta negra corroyendo las luces entramadas de mi cuerpo,

garras que arañan y arrancan y bailan.

Volando en círculos, aves de rapiña.

Se acerca, corriendo, viene sucumbiendo.

Rastrojos de alguien, de un cuerpo,

que roza, sin querer, el abismo.

.

Y enjaulada en oro, el ave de rapiña vuela.

Entre olas de mar salado que juega,

Callando la oscura verdad, quiere volar.

Volar, surcando el cielo vespertino,

la electricidad que emana mi mente en ebullición.

.

Arrancaría tu corazón helado del frio pecho.

Encontrando las palabras exactas, las únicas y necesarias.

Hacerte entender que él mundo es más que aquello,

Aquello que alcanzan tus viejas gafas.

.

Estoy aquí gritando ante el viento helado,

Estoy aquí muriendo entre abatidos muertos.

Porque yo estoy muerta, muerta por dentro.

.

Y tú, ser despreciable, no entiendes por qué, grito.

Ese grito desgarrado que rasga la garganta porque quiere rasgar,

rasgar tu diabólica mirada, rasgar en dos, rasgar:

tus afilados dientes de hiena vieja.

.

Nunca, nunca jamás, nunca más, jamás,

Entenderás la pureza de mi alma.

Maldigo cada uno de los poros de tu cuerpo sudoroso,

porcino ser de ojos caramelo, caramelo turbio y negro.

Es esa oscuridad nocturna que emanas.

Esa oscuridad que contagias.

Ceguera blanca y fría,

estancada en ese mar de rabia.

Sientes como yo el hielo,

congelando las entrañas saladas.

Texto:Cristina Jerez Jiménez.

Ilustración: Emba

La utilidad de los espejos

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Hoy he soñado con un mundo
hecho solo de espejos
señal de STOP espejo
sapito de ojos garzos espejo
automóvil hojalata espejo
hombre oficinista de magritte espejo
muralla china espejo
quiero decir
que la materia era solo espejo
y el espejo adoptaba
la forma del mundo
o simplemente el mundo
se acompasaba en espejo
es más
puede que espejo y mundo
siempre fuesen lo mismo
solo andaba yo en lo maravilloso
y hacía sueño
y yo solfeaba y era mundo
yo árbol metafísico
yo farola incandescente
yo cabina telefónica
yo espejo salvo en el espejo de mi baño

donde yo seguía siendo YO.

Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Diego Mille Ntario ( http://www.colorprimario.blogspot.com/)

Sin estatuas

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Estatua que no es estatua ni roca esculpida en la marea de las manos, estatua que no reposa en ningún asiento ni tiene placa. Mis dedos tocan tu cuerpo, dan forma a esquinas y pliegues, arrugas que pierden el nombre en la presión de yemas de forma leve. Sabes que mi caricia es falsa, y tú no eres estatua ni eres cuerpo ni ojos paladeando la luz a través del puente que no es puente. Frunzo los labios y enseñan las costuras. No sabes para qué porque no eres estatua. Doy forma al esqueleto bajo la piel, no ves que te transformas, que pierdes contorno en lo invisible y eres porque no eres y no eres porque eres. Estatua, dime dónde están tus cimientos. Si tú no eres roca y no reposas yo tampoco soy mis manos, y en un no ser eterno que me anuda solo al giro del reloj me convierto en todo sin cambiar de cuerpo, porque no soy estatua ni camino ni gota de agua ni papel ni suelo ni nube vaporosa.

Texto: Aida González Rossi

Ilustración: Marcos Cexs

Sobre el árbol gris y la mosca

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Al lado del árbol gris

hay un montón de piedras

como una señal del camino

.

el senderista lo ha dejado ahí

para que alguien sepa que existe

el suelo es de manzanilla

blanco y de limón

verde y sucio y de recuerdos

las abejas bailan arriba

debajo y dentro de las flores

un conejo llorando

detrás del árbol gris

y la montañita de piedras

inmóvil como un palacio

de postal que nadie compra

.

el árbol gris reza

te querré por siempre Juan

como una historia de fe

como el gravado triste del tiempo

de lo breve y de las leyes del mundo

te querré hasta que no te quiera más Juan

.

el cielo hoy se ha desprendido de las nubes

la hierba seca tiene calor

un pajarito que brinca y brinca

como una palabra lejana

.

ahora una mosca quiere morirse

es una mosca con las alas

hechas jirones

.

que alguien la mate

.

que alguien mate este amor

que tiene las alas mojadas

y está sufriendo

Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Emba

La nación poética

El Estado decidió nacionalizar la poesía. Se la entregó al pueblo: a partir de ese momento, preciso instante, todo lo dicho debía ser verso. El país se convertirá en poema, declaraban desde la frente de las tarimas. Querían tener la nación más culta del continente. Sería todo tan romántico. Salir a la calle y parar un instante, y descubrir en el bullicio una cadencia, cantinela eterna de ciudad concentrada en soneto, sílabas medidas, una cadena. Nadie podría hablar sin seguir al que habló antes. Todos se entenderían. Al tiempo, los ciudadanos del poético país se habituarían a medir las sílabas y se convertirían en máquinas de versos. Serviría para fomentar el turismo. Todos querrían escuchar ese ruido y su estructura, el aire y los susurros y la estética de una discusión.

El gobierno estuvo listo enseguida. Informaron a los ciudadanos, redactaron el pertinente Boletín Oficial del Estado, radiaron cursillos básicos de poesía. Solo faltaba establecer cómo iban a empezar. Era un tema complicado, una cuestión que había que medir con gracia. Alguien tenía que lanzar el primer verso, maquetar el cuerpo del gran poema. No podía hacerlo el Presidente. Eso iba en contra de toda aquella ideología. Cuando se dieron cuenta (entre tanto barullo desorganizado no se habían parado a pensarlo), salieron a buscar un voluntario. Buscamos alguien que hile el primer eslabón de la cadena, el primer verso del poema, la primera manifestación del orden. Eso buscamos, eso buscamos, chillaban los megáfonos. A los implicados les chirriaba el lenguaje. Con cada sílaba del anuncio deseaban más, mucho más el ritmo del verso impuesto. Pero gritaban. Seguían gritando.

Les recibió una calle vacía. El papel de una chocolatina escachado en el suelo les saludaba con un centelleo. El ministro encargado recogió el papelillo. El chocolate, según descubrió, estaba seco. Nadie se había atrevido a salir a la calle después de la noticia de la nacionalización de la palabra. Se habían enterado de que alguien tenía que empezar, quien fuera, soltando alguna frase, cualquiera. Qué miedo les daba. Si el voluntario se equivocaba y decía algo que no encajara con el gusto de todos, iba a fastidiarla. El país entero tendría que hablar a partir de un verso muy corto, o muy largo, o muy solemne, o muy atávico, o demasiado ilustrativo, o feo. No solo era la forma: el poema debía seguir un ritmo, un tono, una sucesión lógica de temas. ¿Y si los demás no querían hablar de la belleza, del tiempo, de economía? Nadie salía del escondite. Nadie quería, nadie, y el ministro tiró el papel al suelo, lo pisoteó. Esto no se queda así, dijo.

Abrió la puerta de una casa con una patada al más puro estilo Kung-fu Panda. Allí había una familia escondida. El señor ministro pidió a los cámaras que se pusieran detrás de él. Y soltó: ustedes son los voluntarios y estas palabras son las últimas que articulo libremente. Lo próximo que la pobre familia dijera sería el primer verso, el arranque de la bendita ley que les daría paz. Era una familia cualquiera: padre, madre, hijo, hijo segundo. Se miraron entre ellos. Con los ojos grabaron el tácito pacto de que a ninguno le iba a dar la puñetera gana de hablar, pero eso no se lo iban a decir a los irruptores, porque una palabra implicaba la horca. Así lo dejó claro la madre cuando frunció el ceño de cara a su hijo mayor, y después al menor, y cuando, al instante, miró a su marido. El señor ministro se sentó.

Y así pasó la tarde. Él fumaba cigarros de los caros, los niños sudaban mucho, los cámaras estaban cansados, ya casi nadie veía la tele, les daba lo mismo cómo hablar cuando pasaron dos horas. La atención era poca. Tres, cuatro, siete horas. Estaban como secuestrados. Cuando se levantaban al baño, un escolta les acompañaba. Comieron muy poco. Los cámaras no probaron ni el café. El silencio era terrible, pero a los miembros de la cuadrilla del gobierno les complacía pensar en lo que ocurriría después, en la poesía flotando en la calle. A las nueve horas, al ministro se le ocurrió que podía hacer algo para que hablasen. Se puso en pie y empezó a tocar los objetos que decoraban el hogar de la familia. Una figurita de porcelana con forma de dragón, un platillo chino, un marco con la foto de una señora mayor. El padre casi no podía respirar, estaba cardiaco; el ministro se estaba acercando a la cajita donde guardaba la maría, y qué miedo, le podían hacer algo, pero qué era peor, la cárcel o el linchamiento, así se debatía.

Justo entonces su mujer se puso en pie. Quería hacer pis. El escolta la siguió. Todo estaba en silencio. Ya casi no había telespectadores conectados. Era el momento. Mientras andaban hacia el baño, cuando ya habían salido del salón, el guardaespaldas le colocó llanamente una mano en el culo a la señora. Ella se giró y lo miró y pensó ay, habrá sido una equivocación, tonterías mías. Y él posó los dedos en su teta izquierda, y la señora, cabreada, chilló: ¡ah! Cejas del ministro enarcadas. Sorpresa de los cámaras. Gente que se reconecta al canal de televisión. Presentadora en el lejano estudio se atusa el cabello. Primer verso. Primera célula del poema. Nunca más hubo poesía.

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Texto: Aida González Rossi

Imagen: Marcos Cexs