Conversación solitaria con mi muso

IMG-20150424-WA0030Sé que hace largas noches que no he intentado buscarte, demasiadas diría yo. Supongo que solo intentaba descubrir qué sentiría si no te prestaba atención durante un tiempo. Sé que de algún modo has conseguido esconderte de mí, huir de mi punzante mirada, refugiarte en sitios luminosos, aquellos a los que no puedo entrar. Seguiré intentando convencerme de que no lo has hecho adrede. De alguna forma misteriosa y que no consigo entender, siento que has estado esperando mi atención, que el alcohol y los cigarros no han sido suficiente para ti, que las ojeras que permanecen bajo tus ojos solo te recuerdan que no puedes descansar a menos que yo te encuentre y me alimente de tus entrañas; algo que aunque te aterrorice, también sé que en cierto modo has acabado necesitando, como un estupefaciente más del que depender, un tóxico capricho más en tu inevitable existencia. No se si es sano, lo dudo, tampoco sé si es adecuado, o siquiera común, pero tengo que decir o más bien gritar, que seguramente esta acción que he decidido hacer ahora, y que no es otra sino escribir, es fruto de un acuerdo total por parte de las facetas que me componen. Si, yo tampoco creí nunca que algún día se pondrían de acuerdo en algo, sabes tanto como yo que siempre están a la defensiva unas con otras. A lo que iba, este texto demuestra en todo su esplendor que he vuelto, que te necesito, quizás algo tarde, pero al fin y al cabo, no he podido evadirme del todo. ¿Aun no entiendes de lo que hablo? Supongo que doy demasiadas vueltas porque me resulta incómodo aceptarlo en voz alta (escribirlo). Hablo de que te necesito, de que escapar de ti no entra dentro de mis planes, hablo de que matarnos el uno al otro no tiene por qué seguir siendo la meta. ¿Qué te parece una tregua? Estés donde estés, sé que estás cerca, si no, no habría podido gritar (escribir). Seguramente estés en algún rincón escondido, receloso de si volver o quedarte ahí haciendo el idiota, pero déjame decirte que puedo ver claramente, como si de mí se tratase, que cada noche te revuelves entre las sabanas dolorosamente presenciando una sola verdad: que me odias tanto como me necesitas.

Texto: Iballa Rodríguez Herrera

Ilustración: Marcos Cexs

El circo

Señoras y señores,
niños y niñas,
pasad, pagad la entrada
no os arrepentiréis.

El circo ha llegado a la ciudad,
está esperando a los niños
para empezar el espectáculo
(por un módico precio, claro está)

Sentaos y miradlo,
¿por qué intervenir?
podéis pagar y pagar,
comprar nuevo hábito.

Corre el telón por el escenario,
salta el corazón desbocado,
martillea el infantil pecho
como ritmo de polka armonizado.

Las risas opacan los lamentos
del triste aprendiz de payaso,
desbordado por las carcajadas
de inocentes pasando el rato.

Colgando de una cuerda,
sin red que lo envuelva,
el equilibrista kamikaze
se debate vida o muerte,

¡Pasen y vean!
Quedan aún entradas,
el espectáculo ha comenzado
más no lo deis por terminado.

Trapecista viene, trapecista va,
en hermosas figuras etéreas,
lo que no sabe la gente:
que esta pareja rota está.

Aguantando sobre sus hombros,
el forzudo cual Atlas moderno
recoge pesas, metáfora del mundo,
que su roto corazón puede aguantar.

Señoras y señores,
niños y niñas,
la función ya ha de terminar
mañana más, procuremos mejorar.

image

Texto: Cristina Pérez Álvarez.
Ilustración: Tiziano La Rosa.

Vuelvo a tener cascos

Era un día nublado y ya hacía una semana que se me habían perdido los cascos. Es increíble lo poco que duran. Tengo en mi cuarto un cajón lleno de cascos rotos, algunos de ellos tienen un auricular que funcionan, otros no. Los hay negros, blancos e incluso unos rosa feísimos que me regalaron. No sé cuántos hay, creo que unos quince, más o menos. De todos esos recuerdo especialmente unos blancos con la parte de atrás, que era plana, de un color rojizo. El junio anterior había quedado en una playa con cierta gente y al día siguiente los di por perdidos, aunque sabía perfectamente que los usé de camino a casa, lo cual me atormentaba. Detesto cuando se pierden unos cascos que funcionan, es una de esas pequeñas tragedias del primer mundo. Unos meses después, me los encontré en la chaqueta que había llevado aquella noche y se había pasado todo el verano colgada del asa de una puerta del armario, lamentablemente uno de los auriculares no funcionaba, pero los volví a usar de todas maneras, ya que no tenía otros.

Hace justo una semana que se me rompió el otro auricular y ya estaba harto de su ausencia. Me vestí con una chaqueta ancha, negra y con capucha, una camiseta también negra, unos vaqueros rotos y los zapatos de siempre para ir a comprar otros. Nunca me ha preocupado demasiado mi ropa, eso sí, siento que debo renovar un poco mi armario, aunque realmente lo único que busco en la ropa es una comodidad no sólo física.

Ya estaba listo, por lo que salí de mi casa para ir a la tienda. No sé por qué, pero lo hice fijándome en una mancha que había en el suelo, al lado de la puerta.

Durante el camino podía oír los sonidos -mejor dicho, ruidos- de la ciudad. Eran chirridos de tedio. Normalmente vivo ajeno a ellos, los rechacé debido a una evidente incompatibilidad generada con el paso del tiempo, pero hoy no tenía cascos con los que protegerme de ellos, así que debía soportar las voces desafinadas y confusas, los pasos sin rumbo ni compás de la gente y la total ausencia de un solo trascendental, de esos que me gustan tanto. Todo eso me descolocaba, aunque ya tenía asumido que así es el ecosistema en el que vivo. Es raro, hubo una época en la que me gustaba caminar sin música y disfrutar del entorno.

Tras unos minutos de camino, llegué al establecimiento. Era una tienda de electrónica bastante normal, con sus videojuegos en escaparates y demás. No había ningún cliente dentro de ella. Al entrar, el dependiente, que estaba con el móvil, me miró con desprecio. Debió haberle molestado que interrumpiese su conversación, su partida o lo que quiera que estuviese haciendo con el aparato. No le di más importancia que la de un pensamiento despectivo. Cogí los cascos, los pagué y me fui. Cumplí el trámite.

¡Ah! Por fin, después de tanto tiempo volvía a tener cascos. Podía volver a aislarme del ruido y de aquello que lo genera. Mi piel se erizaba ante las notas agudas del trompetista a la par que trataba de evitar subir los hombros, para no desentonar –notoriamente- del resto de la gente. ¡Qué maravillosa es la música!

De vuelta a casa pasé por una pequeña tienda de segunda mano, principalmente de discos y libros, y entré para ver que había, simplemente por curiosidad. Sus paredes eran de un color verde turquesa y las estanterías se veían afectadas por el paso del tiempo, luciendo un color más desgastado. Sonaba una música puramente ambiental –por la cual tuve que quitar la mía-. Era una de esas atmósferas que parecen intentar hacer que te apetezca un café.

Este dependiente era más sociable. Era un hombre algo gordo de unos cuarenta y muchos años, ya entrado en canas. Tenía un rostro muy alegre y cuando reía, se le caía el sombrero. Hablaba con un cliente (o un amigo, supongo) un poco peor conservado, más flaco y con un bigote que le llegaba casi hasta la barbilla. Recuerdo que llevaba una camiseta negra con el símbolo de los Rolling Stones. Mantenían una tierna e inocente discusión acerca de quién era el mejor grupo que había habido. El dependiente defendía que los Beatles, mientras que el otro alegaba que lo era AC DC. La verdad es que esa imagen me produjo una sonrisa y un resoplido de aire por la nariz.

Yo me puse a curiosear los vinilos con los cascos otra vez puestos. No tenían muchos, pero algunos eran discos de grupos realmente importantes. Tenían, por ejemplo, una reedición del Live in Japan, de Deep Purple y un Dangerous con una pequeña mancha de humedad. Después me pasé a la sección de discos cutres. Estaban en una especie de cesta-contenedor agrupados en packs de 6 discos por 2 euros. Miré los grupos y solté alguna carcajada al ver las portadas –algunas eran realmente espantosas-, hasta que vi un disco de tintes azules en cuya portada había un hombre con la mano derecha en la barbilla y la izquierda detrás de la cabeza. ¿Qué coño hacía eso ahí? Me preguntaba. Estaba mezclado con un disco de rancheras mexicanas cutres, uno de pop ochentero y demás mierda. Tenían que haberse confundido al colocarlo, seguro.

No llevaba mucho dinero, había salido con el dinero justo para los cascos. Rebusqué en mis bolsillos y conté la calderilla. Tuve suerte, llevaba 2 euros con 3 céntimos encima. Fui nerviosísimo a pagarlo con ese dinero. Puse el disco en el cuarto puesto del pack, por si el dependiente se daba cuenta.

-Disculpe, ¿puede cobrarme?- le dije con una sonrisa que temblaba ligeramente.

-Sí, claro.

El hombre ojeó todos los discos. Yo ya pensaba que se iba a dar cuenta de que ahí dentro estaba ese disco y que no dejaría que me lo llevase por tan poco dinero, pero añadió:

-¿Qué vas, a usarlos para decorar o qué?

Yo, con los ojos muy abiertos, le respondí:

-¿Eh? Ah sí, sí. Seguro que le dan un toque guay al sitio.

-Eso espero ¿Qué sitio es, por cierto?

Sobre la marcha me inventé que un amigo abría un bar y le venían bien para la ambientación. No se había dado cuenta de qué disco era.

Pagué y me fui aliviado. Lo primero que hice a salir de la tienda fue suspirar con una sonrisa más tranquila. Acababa de comprar Blue Train por 2 euros. Después me pregunté por qué me alegraba tanto, no tengo en mi casa ningún reproductor de vinilos y ya lo había escuchado antes. Sólo se trataba de una reliquia de mi salvación.

Además prefiero A Love Supreme.

Garabatos (jazz2)

Texto: Javier Avea Expósito.

Imagen: Emba.

Pagaría por ser una manzana

MANZANA3

Si tuviera dinero

pagaría por ser una manzana

.

no una manzana causa

ni tampoco efecto

no la causa de

la ley de la gravedad

del pecado humano

o una que

tape la cara de un hombre

que sea el hijo del hombre

.

a lo mejor una fuyi

una manzana clon poco especial

hija de una red delicious

y de una ralls genet

o tal vez una pink lady

muy ácida y verde

con sombras del

color de las orejas de un ratón

o una manzana sin nombre

en una tartera de niña

una manzana sin

dilemas existenciales

apolítica

amoral

.

maldito dinero

quiero ser una manzana

quiero morir sin haber existido

Texto: Andrea Abreu López

Fotografía: Saray Delgado Herrera

Hojas, líneas

Todos los días veo en la ciudad folios con la misma forma, la misma posición, que andan hacia la panadería. Hojas solas y divididas, pero unidas por el regustillo que llega al ojo. Alguien las calza con un golpe contra la tabla de la mesa. Todos los días las filas de hojas pasan por mi lado y cantan canciones populares, bailan con la mirada, construyen una hoguera de tiempo y de costumbre que tuesta mi piel por los bordes. No existe el fuego, y sin embargo el miedo me hace flojear, tropezar, torcer los pies porque mi cuerpo es de chicle y es espeso, turbio, un pliegue accidental en la corteza. Todos los días los veo alineados. Y soledad, soledad.

No están solos. La estructura del montón de hojas y la muralla de una funda plástica les dan la opción de ser un todo. El contenedor, plástico blando, les come. Pero no es natural. Nada tragó nunca con tanta belleza. Es como cuando arrancas una hoja del tocho y la ves sola y te preguntas, después, en qué parte va. Y buscas el número impreso en el pie, identificación absoluta, lugar en el mundo. No están solos, y yo los miro andar en manada, siempre con las manos en los bolsillos y un incoherente vapor de tristeza que exhudan las narices, los labios curvados en comisura. No están tristes. Van a por el pan. Y al llegar a casa, lo guardan en la panera. Y al día siguiente vuelvo a verles en fila como indios o soldados o estrellas de una constelación que tiene mil formas.

Pero yo. Pero yo. Yo no sé alinear los folios sobre la mesa con un golpe y dictar orden. Se me enredan. Descolocan mi paciencia. Nunca compro pan. La gravedad no me ha dejado caer todavía por ese pozo. Soy esquina y soy página sin número. Soledad. Soy saliente. Me siento saliente. Dibujo que crea su forma en la casualidad, mano que no termina el boceto y lo deja. Y nunca lo encuentra. Y me vienen a decir de qué color es la tristeza. Me vienen a decir a mí. Todos los días me agazapo en el filo de una calle cualquiera. Y les veo ir a por el pan. Todas las mañanas. Estoy fuera de la fila, sola, sola, sola. Quiero imitarles, mimetizarme, ordenarme en el matojo de hojas, darme golpes en la base contra el tablero para poder recolocarme; y hablo y sonrío y beso, beso para ordenar. Pero yo no sé alinear. Y respiro sola.

hojas

Texto: Aida González Rossi

Imagen: Marcos Cexs

Reseña de cine: Carretera perdida

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Director: David Lynch

Año: 1997

Género: Thriller psicológico

Duración: 135 minutos

[Con spoilers]

Lost Highway no nos narra una historia lineal, ni mucho menos con sentido alguno. Fred Madison (Bill Pullman) es un músico de jazz, que al parecer asesina a su mujer, Renee Madison (Patricia Arquette). Anterior a éste suceso, ellos reciben una serie de misteriosas cintas de vídeo en los que aparecen ellos mismos siendo grabados en su propia casa.

Fred es condenado a la cárcel y allí, algo extraño ocurre, se transforma en otra persona, en un joven que no sabe lo que está pasando o porqué despierta en la cárcel. Aquí se nos vienen a la cabeza preguntas que parecen sin respuesta; ¿A dónde ha ido nuestro protagonista? ¿ Qué tiene que ver el joven con Fred Madison? ¿Son la misma persona en épocas distintas? Éste chico, Pete Dayton (Baltazhar Getty) vive una aventura con la amante de un gangster (Robert Loggia), amante que es la versión rubia de la mujer asesinada. A partir de aquí la historia sigue su camino y se descubren cosas interesantes sobre la mujer de Fred, la cuestión es si este film rocambolesco tiene algún sentido detrás de toda esa historia.

Hay infinitas posibilidades, para algunos la realidad puede ser la primera parte de la película, y lo demás solo es cosa de Fred, como remordimientos que lo atormentan creando otro tipo de realidad en su mente (donde su mujer es descubierta como amante de un gangster, y él tiene la posibilidad de volver a estar con ella a partir de su hermana gemela rubia). Pero, por otro lado, toda la película puede ser la fantasía de la mente de un atormentado por los celos. Una complicada trama de celos, sexo y violencia.

Personalmente, es una película algo perturbadora, sobretodo con la presencia de cierto personaje con tez pálida, en una de las mejores escenas de la película. Este largometraje desconcierta y aturde. Como bien lo califica su género de thriller psicológico, en un viaje al fondo de la mente, es una increíble y caótica pesadilla que atrapa al espectador en su locura.

Plasma en ella, los miedos y obsesiones del público, las obsesiones del propio director, no es solo una historia, sino sensaciones desconcertantes a raíz de fotogramas, diálogos, actuaciones muy buenas y escenas que se quedan grabadas en la memoria.

El amor como las flores

foto andrea garabatos

El amor como las flores

muere

obstinadas de la quietud
de la fotosíntesis
de la regadera del agricultor

se cansan
de mirar al cielo
de alargar el cuello
de no entender el paraíso

se acaban
como se acaba el amor
como los tallos
como las hojas
como la brisa como las pisadas

las flores mueren
se descomponen
son pedazos de suelo
vuelven a vivir son flores de nuevo

con otra forma o con la misma

en otros ojos o con distintas manos

el amor muere y se descompone
luego no sé
si debe seguir el ciclo de la materia

Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Naida de Paz Martín

El Misterio de Orión

11091194_1423952364574683_562256427_n (1)Corremos por las laderas del Reino del Norte, con el frío azotándonos en la cara y la nieve hundiendo nuestras pisadas. Miro al cielo, hace unas horas podía ver como un atardecer desaparecía en el horizonte para volver a encontrarse conmigo mañana, pero para mí ya no habrá un mañana nunca más. Lo único que me queda es esta oscuridad con un color casi iridiscente como el plumaje de un cuervo.
.
Miro a mi alrededor, es la primera vez que vemos la nieve tan de cerca, y ya estoy deseando volver a mi estación veraniega que dura prácticamente todo el año; a excepción de cuando salgo al exterior, donde la fina capa de hielo que pisamos no es nada comparado con el gran montículo de hielo que veía formarse sobre el mar todas las mañanas, —aunque se me tuviera terminantemente prohibido—. Pero padre, os equivocasteis con eso, ¿no sabéis que la prohibición de ello solo me hace desearlo con más fuerza y temperamento?
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Sujeto su mano con fuerza, no querría soltarla jamás; no, no podría perderle de nuevo, no me lo perdonaría, ni ahora ni durante nuestro último aliento de vida. Empieza a correr y me arrastra con él, yo estoy exhausta y no veo nada a causa de la ventisca, por lo que me cuesta moverme con facilidad, pero es entonces cuando él me coge entre sus brazos y se dispone a correr aún más rápido.
.
Cuando por fin se detiene, veo delante de mí un pequeño cobertizo en las afueras del reino y entramos con cuidado, él enciende con sus propias manos una pequeña hoguera para entrar en calor y preparar algo que nos podamos llevar a la boca, —lo que significa calentar un trozo de jackalope y acompañarlo de algunas flores silvestres—.
.
La sangre de la carne emerge al morderla y aunque detesto el sabor de la mezcla de grasa y del humo del fuego, me lo como sin detenerme en ningún momento. Cuando me muero de hambre es cuando más echo de menos mi hogar, pero es entonces cuando recuerdo la dictadura en la que vivía, en la que no se me permitía sino aceptar lo que otros elegían por mí; el ser una mujer sumisa, sin carácter, sin personalidad. Una mujer sin libertad.
.
Mi querido y apuesto acompañante me mira y me cubre entre sus brazos, colocándome cuidadosamente la capa blanca que lleva sobre mis hombros, mientras me quita un mechón de la cara y me besa dulcemente la comisura de los labios. Noto su respiración lenta en mi cara y a mí se me acelera instantáneamente, ¿cómo consigue hacerme sentir de esta forma?
.
Texto: Nadina Rivero Bethencourt.
Imagen: Marcos Cexs.

En el reverso de la piel

Emba de Cris

Somos recipientes vacíos.

Vierte en mi tu líquido,

Soñemos con luces y colores, y bestias animadas disfrazadas de burgueses.

Vamos a atrevernos a rodar.

A rodar por esa mole de hierbajos y animales moribundos.

A rodar por donde las bestias reinan, tú mi señora ogro.

Caníbales de este recuerdo, asquerosos y pegajosos labios.

Muerden las ansías.

Para F.

Texto: Cristina Jerez Jiménez

Ilustración: Emba

Cierto asco que lleva al alivio

La oscuridad llega y se posa sobre cada rincón. Callejones húmedos, de deshechos, orina, alcohol, e incluso sangre. Barrios donde de madrugada únicamente se escuchan discusiones, gritos y quejas. Olores repugnantes, imágenes fatales, ruido insoportable… Camino resentido hacia mi butaca apartándome de la ventana. Dejo la taza del café que acabo de saborear en mi mesita de noche. No me siento, sentarse es un acto de decisión que implica estar de acuerdo e incluso a gusto con lo que harás tras posar tus nalgas sobre un asiento. Lo cierto es que me dejo caer sin fuerzas ante mi escritorio. Está lleno de hojas, y encima de todas ellas, mi único bolígrafo. He de decir que es negro, me parece un Dato importante, no es azul, ni verde, sino negro…garabato iballa

Confieso que casi cada noche mantengo cierta discusión conmigo mismo; pues aunque lo intente, se me hace imposible sentarme y distraerme con cualquier cosa, se me hace eterno e insoportable el intento de dormir sin antes conseguir sacar esto que siento y que no expreso: asco. La presencia de un asco peculiar y pesado llena toda la atmósfera de estas cuatro paredes que me rodean. Asco, una palabra engañosamente sencilla que está destruyendo mi descanso físico (he de matizarlo).

En la esquina del escritorio, una copa medio llena de un vino barato que compré con lo último que me quedaba en el bolsillo se me ofrece, me insiste, parece incluso consciente de su efecto en mí. La cafeína da agilidad a la lengua, facilita el riego verbal, evita que las letras se coagulen. El sabor y efecto del vino, por otra parte, hacen patinar la vergüenza, la mentira; le da al escritor, le da al que confiesa, seguridad y sinceridad, las dos «s» las llamo yo. Ebrio de vino y de asco, me dispongo pues, a confesar, a expresar, a sacar toda esta incertidumbre y emociones encontradas que fluyen cada vez que me obligo a salir o asomarme a la ventana para evitar ser engullido por mi casa. Escupir a la hoja, mojar el bolígrafo en mi propia saliva que se asemeja ya a la tinta. Hacerlo todo rápidamente mientras la angustia, y algo que identifico como alivio, recorren mi ser con osadía. Asco: ayer, hoy, y Puede que mañana, una gran razón para escupirle a la hoja.

Texto: Iballa Rodríguez Herrera

Ilustración: Marcos Cexs