Quelonio

Siempre quise que hubiera una ventana en esta habitación, no solo por el sol, también por el aire. El aire es uno de los elementos menos valorados del planeta. Siempre está con quien lo necesita aunque debo confesar que a veces me resulta escaso. A veces el aire es frío y otras veces es caliente pero el aire siempre es aire y siempre está con quien lo necesita aunque debo confesar que a veces me resulta escaso. Si hubiera una ventana en esta habitación habría más aire pero no puedo asegurar que me dejara de parecer escaso. A veces me ahogo y no es por falta de aire, creo que es por exceso de penas. No soy una persona optimista, no lo he sido. Sé que nunca lo seré. Quizás algún día me ahogue definitivamente y quizás algún día sea por defecto de aire, ojalá. El aire puede matar y su ausencia dar la vida. El aire está junto a todos sin pertenecer a ninguno de nosotros, es tan tuyo como mío y tan mío como de nadie, el aire es inacabable pero acaba. Es frío pero abriga. Es suave pero daña. Es intrépido, osado. El aire es tan vital como la propia muerte, ésta que a todos pertenece y ningún ser vivo abandona. El aire siempre está con quien lo necesita aunque debo confesar que a veces me resulta escaso.

Son las tres y tres minutos de la tarde, lo sé porque hay un reloj en la pared que siempre me ha mirado fijamente. Yo lo llamo Quelonio, tan rápido, tan avispado, tan dicharachero. Quelonio siempre fijó sus manecillas en mí, me apretaba con ellas desde el primer día y el aire marchaba lejos en la oscuridad de mi pensada amiga Sola. Todo a mí alrededor era inexistencia quizás porque no existía. Todo a mí alrededor era tristeza, quizás porque estaba triste. Todo era así como una pesadilla nocturna en una noche invernal, en una casa abandonada, en lo alto de un monte perdido, en medio de una tormenta de rayos y rayos y rayos, de truenos y truenos y truenos, de agua, de lluvia, de nieve, granizo y viento.

Quelonio era ligeramente inmortal porque revivía. Día sí, día también, clavaba sus finas líneas en mi frente marcando la hora para que así yo jamás la olvidara. Lástima que no hubiera ventana en esta linda y abarrotada habitación de destierro para, con el reflejo de aquello que llamaban gotas de rocío, pudiera haber visto sus marcas en mi rostro. El tiempo es efímero pensaron algunos algún día en algún lugar. La realidad: el tiempo es un muro insalvable que ni dos millones de pies podrían derribar.

Sola y Quelonio eran mi única compañía y cuando la primera nos abandonó quedamos cara a cara condenados a entendernos pero él siempre jugó con el tiempo a su favor.
Son las tres y cinco minutos. A estas alturas la ausencia de Sola es insignificante, cuando roban algo que forma parte de tu vida pero que sabes que no te pertenece, duele menos. A estas alturas la muerte de Sola no es trascendental, cuando muere alguien a quien quieres pero en el fondo sabes que nunca te quiso igual, duele menos. A estas alturas continúo ahogado pero, desgraciadamente, no es por defecto de aire. A estas alturas ya entiendo a mi acompañante y asumo que siempre me vencerá.

Quelonio

Texto y foto: Víctor García

Partidas

Captura«…el corazón sudado/como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo.»- Julio Cortázar

Me fui

y no sé si alguien recuerda recordarme

si al menos he dejado una marca de dedo

en algún pomo de puerta

para que acaricien mis huellas dactilares

mientras duermo en el avión

tengo esta mañana el pecho inquieto

como impreso de caras inconexas

y besos de despedida en las puertas de desembarque

una montaña blanca me observa

desde abajo

 y busco algún puntito en las alturas

un alpinista extraviado              tal vez

la azafata pasa con el carrito de los aperitivos

y me ofrece un poco de agua

hay tres galletas un bolígrafo y una fotografía

en el asiento contiguo

tras la ventana una nueva nube medio rota y gris avanza

cierro los ojos

y ya todos se han marchado

nadando hacia sus casas con el chaleco salvavidas

Texto: Andrea Abreu López

Fotografía: Saray Delgado Herrera

Llanto

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Noto tu presencia, sé que me escuchas, que estás cerca.

Camino decidida hacia la orilla, sin parar, sin una sola duda, sin temor a la fuerza de las olas -que chocan contra las rocas-, sin pensar en la posibilidad de huir, simplemente me dejo llevar hacia este momento inevitable al que he acabado resignándome.

Quizá me precipito al preguntarte esto a ti, que siempre te mantienes sobrio ante la vida, pero me arriesgaré. ¿En algún momento de tu vida has sido capaz de sentirlo todo? ¿Has descubierto sin más que algo dentro de ti se abre y te atrapa? Es una sensación nueva que me sorprende en ocasiones. Es como si hubiese ante ti un gran vacío al que caes para ahogarte poco a poco. ¿Has sentido el llanto del viento, del mar, de la oscuridad del cielo?

Me sumerjo, decidida a no volver atrás. El agua fría me envuelve e insiste en arrastrarme, en hacerme de su propiedad.Te juro que no bromeo. Esta locura me atrapa, no puedo huir y empeora si intento ignorarla. Te juro que es verdad, que nada ni nadie puede hacerme creer que lo que mi corazón siente no es real, pues sé que no hay nada más cierto que el dolor y el pavor que me sacuden y me esclavizan.

Es una agonía que me asfixia y de la que, sin embargo, prefiero no prescindir. Una agonía que solo consigo entender y amar cuando me entrego a la tierra y al mar y éstos me aceptan, me llevan, me toman…

Texto: Iballa Rodríguez Herrera

Ilustración: Marcos Cexs

Reseña de cine: El atlas de las nubes

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Título: El atlas de las nubes (Cloud atlas) Directores: Tom Tykwer , Andy Wachowski y Lana Wachowski Género: Ciencia ficción Año: 2012 Duración: 172 minutos El atlas de las nubes es una película de ciencia ficción dirigida por Tom Tykwer y los hermanos Andy y Lana Wachowski, que dirigieron también la trilogía de Matrix. En ella nos encontramos con Halle Berry, Tom Hanks, Susan Sarandon y Hugh Grant interpretando varios papeles en distintas situaciones y en distintas épocas . Cloud atlas está basada en la novela escrita por David Mitchell, y se compone de seis magníficas historias interrelacionadas que trasladan al espectador desde el pacífico sur del siglo XIX hasta un futuro post-apocalíptico. Nos mantiene el tiempo suficiente en cada mundo, para unirnos a el y poder ser capaces de seguir su hilo conductor. Cada una de las historias está contenida por la anterior, y todas están enlazadas entre sí por pequeños detalles. Es una exploración de como una acción individual puede impactar, repercutir en las vidas pasadas, presentes e incluso futuras, de como la esencia de una persona puede transformarse de asesino a héroe y de como un acto de bondad puede traspasar el tiempo e inspirar una revolución.

¡El individuo frente a la sociedad! “ Ahora entiendo que, la frontera entre el ruido y el sonido es una convención, todas las fronteras son convenciones que esperan ser superadas. Puedes superar todas las convenciones con solo concebir la posibilidad de ser feliz.” ¿Puede el bien, incluso en la adversidad, perdurar más allá de la vida que conocemos y prolongarse a través de siglos y lugares? Esta es una de las preguntas que plantea , cuestiones interesantes o quizás cuestiones propias de una gran imaginación, de un sueño, pero lo cierto es que cautivan el pensamiento y despierta los sentimientos. Un largometraje, una película, una historia, un cuento de locura, como quieras llamarlo, El atlas de las nubes: Almas encadenadas, posee un gran argumento que conecta las seis historias, que conecta las vidas de estos personajes, y que , a mi parecer, se parece mucho a aquella leyenda china, la cual dice que todos estamos conectados por un hilo rojo. ¿ Somos realmente dueños de nuestras vidas ? “Nos alimentan con nuestra carne” “Tenemos que luchar y morir si es necesario, para que el mundo sepa la verdad”. Si la evaluamos según las reglas establecidas y asumidas por el público, no es una película buena, pues es considerada como una de las mayores decepciones comerciales del año 2012 pero si miramos mas allá, si observamos su mensaje, y somos capaces de dejar que nos atrape, es una película inspiradora, con ideas bellísimas que se quedan grabadas en la memoria. Es quizás, una película compleja y engañosa con sus numerosos flashbacks y flashforwards, pero con un poco de paciencia podremos dejar que nos impacte. ¡El miedo como método de control! “Tienes que hacer lo que no puedas dejar de hacer.” Personalmente,  obviando las convenciones respecto al considerado “buen cine” , esta película es muy buena. A pesar de sus recursos respecto a los personajes, pues utiliza los mismos personajes en las seis historias, la mala venta ante los espectadores y su quizás excesiva duración, su argumento consigue que esto carezca de importancia. Todos los errores que pueden haber en ella, en su producción y en su planteamiento respecto a la novela, quedan a un lado para dar paso a la intriga, al amor, a las preguntas, y por supuesto a los sentimientos. Tengo que aceptar, que podría haber sido mejor, mejor en cuanto al maquillaje utilizado para los actores que interpretaban más de un papel, pero lo cierto es que posee buenos y llamativos efectos visuales. Una propuesta cargada de acción y romance, que a pesar de haber sido olvidada en los premios “importantes”, no pasa desapercibida para algunos cineastas. ¿Somos libres o una nueva clase de esclavos?

El cielo está después del paso de peatones

Cada día me sorprende más el mundo. Me sorprende lo predecibles que pueden llegar a ser las personas. Aceleran fuerte, para que las oigas. Quieren que te des cuenta de que no tienen tiempo para esperar a que tú, estimado peatón, cruces la calle. Es demasiado importante aquello que les aguarda después del paso de cebra – inútil código de barras que alguien estúpido pintó en el suelo-. Es de vital importancia y tú, ignorante caracol desprevenido, no te podrías llegar a imaginar jamás la vida tan ocupada que lleva ese conductor estresado. Ellos son, como diría Horacio Oliveira, “sumamente sensibles a la discontinuidad vertiginosa de la existencia”. Por eso, no pueden permitirse contemplar procesiones peatonales en la brevedad de sus jornadas. Así, antes de que te des cuenta, el coche que tuvo que detenerse a duras penas -porque llevaba una velocidad considerable- ya ha cruzado la frontera blanca y negra. Ya está en el otro lado de la vía. Al otro lado de la vida. En un mundo paralelo de felicidad automovilística.

Pero la cuestión aquí no son los pasos de peatones– que sí, son realmente importantes- sino ese ritmo de vida que nos engulle. Un acelerón constante que nos ciega. Que nos hace circular por el universo a toda mecha, sin apenas preocuparnos de si pudimos haber matado a una persona en la calle. Algo debe estar andando realmente mal cuando es más importante no llegar tarde al trabajo que poner en riesgo la vida de alguien.

Me paso el día viendo personas nulas. Autómatas programados para trabajar hasta el fin. Nada va más allá de la obligación, del deber. Solo vale trabajar. Solo vale el éxito y la codicia. Solo lo que queda después del paso de peatones. Algo parecido al cielo en la tierra. Un éxito de dos patas: aprobar y cobrar. Así seguimos criando a más niñas y niños en el miedo al fracaso -que no es más que suspender y no tener dinero-.

Estamos empeñados en separar lo indivisible. En educar en lo antinatural. En las escuelas se sigue enseñando cálculo, lectura o escritura como actividades totalmente desligadas de los sentimientos. Aun sabiendo que las emociones son capaces de modificar la razón y viceversa. Continuamos encadenando la idea de éxito con el grado de inteligencia académica. Pero como ya apuntaba Goleman en su momento, la inteligencia académica no es buena garantía del éxito personal. La inteligencia académica es eso: capacidad para superar una prueba que el sistema educativo, en el que el individuo está inserto, le plantea. Ese tipo de inteligencia no nos da la certeza de que la persona será capaz de desenvolverse en la vida laboral y social de manera adecuada. Tampoco podemos asegurar que ese ser será capaz de comprenderse a sí mismo. De identificar sus sentimientos y emociones en el mismo momento en el que aparecen en él. Ni que sabrá identificar las emociones de las personas que se hallan a su alrededor. Y, por tanto, no nos asegura que la persona será feliz y sabrá hacer felices a los demás. Ni si le va a importar más llegar tarde al trabajo que atropellar a la ancianita que cruza el paso de peatones.

Foto

Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Dasaev Rodríguez Navarro

Enmudeció la lira

¡Maldita sea!

Hemos llegado al último año

La ciencia ha alcanzado

el conocimiento máximo.

Sabemos con milimétrica precisión

cada dato del Gran Cañón.

Sabemos de donde venimos

y hasta nuestra dirección.

Dominamos la ciencia,

mas no es la única materia.

Conocemos el mundo,

pero desconocemos su belleza.

Todo se ha perdido en el avance,

ese frío trance

para el que, como yo,

valora el instante.

¡Ah el instante!

Esa luz que sólo yo puedo ver,

ese perfume que sólo yo puedo oler,

ese libro que sólo yo quiero leer.

Ya no hay ojos de espejo,

ya no hay suspiros correspondidos.

Desapareció el beso sincero,

¿por qué se lo permitimos?

Busco con mi foco

pues faltan enamorados locos.

Ni tan si quiera yo

puedo regalar una rosa,

sin tener a quien amar.

No hay mujer ninguna hermosa,

ni una sola sabe volar.

No hay poesía,

pero ¡maldita sea!

Queda un poeta.

¿Que destino queda?

poner fin a esta treta

Has ganado, extraña sociedad,

no he contagiado mi enfermedad.

Mi única alternativa,

es la de poner fin a mi vida,

ese triste mal del que voy a escapar

clavándome un lloroso puñal.

Texto y foto: Javier Avea Expósito.

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Domicilio: Sr. Luna

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El Sr. Luna se levantó por la mañana con un fuerte dolor en la sien izquierda. Le había costado mucho dormir. En la noche, un batallón de gente se había reunido para celebrar la elección del nuevo Presidente de la comunidad. Luna no sabía de dónde habían sacado tanta bebida y unos altavoces tan descomunales, pero no pudo parar el baile, y de madrugada incluso uno de los organizadores vomitó en la esquina más limpia de todo el recinto. Cuando el Sr. Luna les dijo que por favor pararan la fiesta, ellos se rieron y gritaron. Casero, ya no mandas, sentenciaron. El nuevo Presidente era un chico joven, con barba y dos pendientes en la oreja. No se parecía en nada al Sr. Luna. El anterior era rubio y alto y se peinaba hacia la derecha, como las buenas personas, y vivía en un modesto pisito en el riñón este que a Luna no le causaba ningún tipo de dolor. Lo echó de menos entonces, pero por la mañana, cuando se levantó con una jaqueca ponzoñosa, pensó que cualquier cosa, cualquiera, era un buen sacrificio por la democracia.

¿Qué puede desayunar un hombre como yo con esta migraña?, se preguntó el Sr. Luna mientras se agazapaba en la encimera para sentirse enfermo de verdad. No le apetecía sentir dolor, no le apetecía tomar pastillas, pero el drama podía evitarle bajar a comprar pan y quemarse con el sol. Aquel día tenía que hacer mil cosas. Era el día del que se colgaba la luna llena. También era un día de resaca, y el Sr. Luna se golpeó la sien izquierda con la punta del dedo índice y soltó un silbido que indicaba enfado. Toc toc, susurró, y un muchacho durmiente abrió los ojos para dar una patada en la pared craneal del Sr. Luna. A casa, susurró él. Las personitas se despertaron quince minutos más tarde. Y volvieron al hogar. Paso a paso, codo a codo, los cuatro edificios interiores del Sr. Luna se fueron llenando, y las luces se encendieron solo para apagarse más tarde, cuando sus resacosos habitantes andaban hacia la cama y respiraban lentamente pensando en el fiestón, qué fiestón el de anoche.

Se dijo el Sr. Luna que todo estaba en orden y que al final tendría que tomarse una pastilla. Todo siguió bien, perfecto, hasta que colocó la píldora entre los labios y llenó el vaso de agua. Una voz se le parapetó en los oídos y nadó corriendo. ¡Eso no!, chilló y chilló. Agüita con miel y limón, mano de santo. Esas cosas químicas solo traen disgustos. La que gritaba era Rocío, la abuela que daba golpes con el canto del escobillón al suelo en el edificio que brotaba en la clavícula. El Sr. Luna le dio los buenos días y le respondió, cansado ya, que eso era para la gripe. Y se tragó la pastilla. La mentira blanca (así la llamó ella después) se deslizó justo al lado de la ventana de Doña Rocío, y ella soltó un suspiro y volvió al salón. Era hora de llamar a María y contarle lo que había pasado el día anterior en la nalga, en el rastro de la nalga, donde su marido vendía y ganaba y conocía.

Le dio igual. Al Sr. Luna le dio igual. Era el día. Porque se aproximaba la noche. Pensó en el armario, en cada espejo, cada trozo de mundo que no existía porque era solo copia. Así los entendía él, y así pensaba colocarlos uno a uno, poco a poco, al lado de la fuente del parque. Cuando cayera la noche y una luna hinchada flotara por el cielo, un ojo cerrado, el Sr. Luna vibraría en el núcleo de un círculo de espejos y entonces todo sería distinto. Era el destino. Él había sido luna desde que lo habían sacado del cuerpo de su madre, y todo el tiempo había vivido esperando que fuera de noche para salir y contemplar y entender a su madre verdadera. A la luna, un espejo de luz que copia al sol. Mamá, susurró el Sr. Luna, y María, la del edificio izquierdo del pecho, soltó un grito por lo que Rocío le decía entre risitas. El Sr. Luna se asustó y se dio un manotazo en el pecho. Entendió que el grito era para él. Para su madre la luna. Y un pequeño terremoto tiró al suelo el teléfono fijo de María, la de las croquetas de jamón.

Ellos no creían. Por eso celebraban cada nueva elección, cada pliegue de una democracia implementada años atrás. Decían que el Sr. Luna era tonto. Que se movía mucho por la noche, que no se cuidaba, que tardaba en ir al médico y ponía en riesgo la ciudad. Todas las tardes, todas las santas tardes, un comité se reunía para decidir cuál era el estado de salud del Sr. Luna, y él intentaba ignorarlos cuando escuchaba la campana. Sabía todo lo que pasaba, todo lo que ocurría en cada escondrijo de su cuerpo: quién iba a qué, quién tomaba qué, quién se acostaba con quién. Conocía a todos y cada uno de sus habitantes, y sabía qué iban a decidir antes de que abrieran la boca. Y sin embargo, ninguna de las personas que le pellizcaban para fastidiar creían, o querían creer, que el Sr. Luna podía llevarlos por buen camino. Una vez, el muchacho al que habían nombrado Presidente el día anterior le dijo que era un idiota. Que debía aceptar, porque sí, que un hombre-edificio jamás podría decidir por sí mismo. Y por eso, le dijo, por eso vivimos aquí nosotros. En tus edificios interiores.

Por eso el Sr. Luna, en ese momento tumbado boca arriba y pensando en los pinchazos de la dichosa jaqueca, se había preparado a escondidas. Mientras sus habitantes roncaban como cerdos, él se había puesto a recoger espejos en contenedores y a comprar, a comprar como un poseso. Iba a ser una luna y los iba a echar a todos. Porque en la luna no puede vivir nadie, y todos los pasajeros se le habían colado hace tiempo, pensando que el Sr. Luna era un hombre-casa que acogía vidas y conductores, incapaz de pensar desde el centro de la cabeza. Pero el Sr. Luna era un hombre-astro, y él lo sabía mientras encendía distraído un cigarrillo y planeaba cómo iba a disimular, a vivir muy quieto, hasta que cayera la noche y todos se diluyeran en el sueño. Tendría que ser un poco más tarde, porque todos los fiesteros dormían a pierna suelta a las 11 de la mañana. El día pasó tranquilo y las horas fueron corredizas: almuerzo, tele, junta de control (y buena salud), una pelea tras el ojo, merienda, obras en el edificio del estómago, niños juegan a la pelota, cena, primer pregón del nuevo Presidente.

Ya todos estaban dormidos cuando el Sr. Luna se colocó en el borde de la fuente del parque. Desde ahí, miró bien el agua: se reflejaba la luna llena, un círculo blanco y enorme tatuado en el cielo. Era la hora, y escuchó cómo todos y cada uno de sus habitantes dormían y soñaban y volaban a través del techo de sus edificios. Si alguno se despertaba y le atendía, lo sabría. Fue colocando cada uno de los 20 espejos. Creó círculos perfectos, circunferencias concéntricas con un centro hueco. La energía le comía. Llevaba años esperando. Esperando sentado en una esquina de sí mismo (en el mercado, o en el hotel, o en la planta 2 del edificio 3, el de los ricos). Ese día, el Sr. Luna iba a ser un espejo e iba a ser un astro e iba a estar consigo mismo, y le iba a demostrar a todos, a todos, que no merecía ser ciudad. Que todo lo que podía ser lo era solo. Que iba a pasarse a la otra categoría humana, e iba a brillar con fuerza en un cielo sin escaleras y sin gritos mañaneros.

Se sentó en el centro justo después de girar un espejo y colocarlo mirando al suelo. Era la hora, pero solo se reflejaría entera la luz de la luna cuando todos los espejos la miraran. Quería reflexionar un poco antes. Se rió por lo bajo (muy despacio, para no despertar a nadie) de todo el follón que habían montado por las elecciones. ¿Cuánto había durado el mandato del nuevo gobierno? Un día. Ni siquiera un día. Y ahora, ¿adónde irían? Quizás el nuevo Presidente les buscara alojamiento. Tal vez colonizaran otro cuerpo, otra cáscara con construcciones en los riñones y con cuartos luminosos. No sabía si algo cambiaría para ellos. Estaban acostumbrados a vivir, a ser dentro de él. Habían pasado años desde que se le habían colado y le habían llamado hogar. Pero ahora. Pero ahora iba a desahuciarlos a todos. A demostrarles que vivían en la luna, y que no podían hacerlo más. Él no era un hombre-ciudad. Y nunca volverían a negarle nada.

Y entonces (justo en ese instante, con la esperanza brotando de algún lugar de la cocina de casa de Antonio Pérez), Luna rozó la espalda del espejo con la yema de un dedo nervioso y dijo adiós. Adiós a su vida, adiós a sí mismo. Adiós a los edificios interiores. Clavó la barriga del dedo en el reborde del cuadrado y lo levantó. Le dio la vuelta. Y cuando lo colocó, ahora derecho, en el suelo, la luna iluminó cada espejo, cada trazo del círculo, y la piel del Sr. Luna se volvió líquida y blanca y lívida y destelleó porque todo era, porque todo cambiaba, porque todos y cada uno de sus habitantes abrieron los ojos de golpe y se despertaron con tanta luz. El Sr. Luna reflejaba el astro y la luz del sol. Era de luna, y todos se pusieron en pie y corrieron por el terremoto. ¿Qué pasa?, gritaban. ¿Qué pasa, qué ocurre, por qué todo tiembla? Estaban ciegos, pero el Sr. Luna abría los ojos como platos. Y en esos ojos, de repente, empezaron a brotar ladrillos.

La piel se volvió escama de cemento. Los ojos, fachadas. El cabello rubio se convirtió en antena parabólica, y un cuerpo-edificio creció con el viento y clavó los pies al suelo, ahora cimientos por siempre. En el frente se abrieron ventanas y una puerta de madera maciza. La luz de la luna le bañaba y él crecía, y todos los espejos devolvían copias del cambio. Y mientras tanto, personitas varias corrían por los edificios que se fundían y pensaban, y creían, que hacía falta un consejo de organización. Todo se caía. Todo se rompía. El Sr. Luna se hizo grande, grande, y en cada habitación se formó una maceta de perejil rizado, y las neveras se llenaron de comida y los fogones se pusieron medio calientes porque alguien había cocinado poco antes.

A las dos horas, todos los habitantes del Sr. Luna salieron por la puerta de madera y se pararon a mirar su edificio. No sabían por qué, pero tenían ganas de observarlo. Les parecía increíble, de repente, que existieran casas. Que los ladrillos se juntaran con el cemento y formaran estructura. Todos salieron a la calle y descubrieron que la gente era desconocida, pero fueron presentándose y, tiempo después, varios de ellos abrieron comercios. Y vivieron. Y crecieron. Pero cuando sale la luna, todas las noches al vomitarse del cielo, de dos ventanas en lo alto del edificio salen gotas de agua que brillan y desfilan por toda la fachada. Nadie sabe de dónde, pero después, a veces, se escucha un silbido lejano.

Texto: Aida González Rossi

Ilustración: Sedicente Feccia

Si puedes…

IMG-20150324-WA0007Si puedes conservar la cabeza cuando todo está sobre ti

están perdiendo la suya y te culpan por ello,

si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,

pero admites su duda.

.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera,

si estás siendo engañado y no pagas con mentiras,

si estás siendo odiado y no das cabida al odio,

si no pareces demasiado bueno, ni hablas con demasiada sabiduría.

.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen,

si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo,

si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso,

y tratar a estos dos impostores de la misma forma.

.

Si puedes soportar el escuchar la verdad que has hablado,

tergiversada por bribones para hacer una trampa para los tontos,

si ves las cosas que le diste a la vida, rotas,

coge tus herramientas gastadas.

.

Si puedes hacer un montón con todas tus victorias,

y arriesgarlo todo en una partida de juego de azar,

y perder, y empezar de nuevo desde el principio,

y nunca decir nada acerca de tu pérdida.

.

Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones,

para el momento en que todo se ha ido,

y así resistir cuando no hay nada en ti,

excepto la voluntad que te dice: espera.

.

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,

o caminar entre Reyes y no perder el sentido común,

si ni los enemigos, ni los buenos amigos pueden dañarte,

si todos los hombres cuentan contigo, pero ninguno demasiado.

.

Si puedes llenar el inexorable minuto

y cierto, de sesenta segundos,

si puedes hacer todo lo que te propones,

un «si puedes…» se transforma en un «sí, puedes».

Texto: Nadina Rivero Bethencourt.

Foto: Marcos Cexs.

Sola

Son las tres de la tarde y el sol no entra por la ventana, no hay ventana, lástima, qué lástima. Siempre me ha gustado el sol, así como grande, así como perfecto, así como caluroso. El sol es la bombilla que a todos ilumina pero que a ninguno falla. Sí, ahora sí recuerdo cuando fallaban las bombillas en casa ¡qué odisea! Sí, el sol no falla, el sol no deja de alumbrar el camino. Las bombillas, sin embargo, perecen como pereció todo lo que tuve, creo haber tenido algo, no sé, qué lástima.

Me gusta el sol, sí, definitivamente estoy enamorado de él. Así como grande, así como perfecto, así como caluroso. En ocasiones, en esta habitación también falla la bombilla pero solo falla en ocasiones. Yo la llamo Sola. Sola siempre está prendida, como el sol. Sola siempre está sola, no tiene más compañeras bombillas pero me tiene a mí. Por tanto creo que no está tan sola. Muchas veces estamos solos, tantas como todas las veces, y Sola no me abandona nunca. Pero Sola un día se cansó, yo creo que nunca le gustó mi presencia, quizás porque ella ya estaba cuando yo llegué. Sola estaba antes sola y yo antes de estar con ella lo estaba más que ahora. Confesaré que Sola siempre me quiso y si no me quería lo disimuló muy bien. Sola nunca me dejó solo y siempre me abría los ojos en la luminosidad del día y del día. Sola era perfecta, tenía lo que siempre quise de una mujer: luz, trasparencia, perseverancia. Tenía lo que siempre quise de una mujer y nunca tuve. Sola era magnífica pero cuando se cansó se la llevaron. Nunca volvió a ser lo mismo.

Cuando apagan la luz a la que te acostumbraste nunca jamás vuelve a ser lo mismo. Ahora vuelvo a estar solo, como siempre estuve.

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Texto: Víctor Jorge García González

Foto: Marcos Cexs

Más allá de Carmen…

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Título: Carmen

Género: Ópera cómica

Autor: Georgès Bizet

País: Francia

Fecha del estreno: 1875

Espacio: Sevilla, principios del S. XIX.

¿Qué decir de una de las óperas más famosas y representadas de la historia? ¿Qué podría yo añadir a lo ya dicho, a lo estudiado, visto, oído y disfrutado? No quiero hablar de Carmen como una representación, como una obra de arte llena de música y vacía de significado, pues es precisamente de esto y no de su valor musical de lo que quiero hablar.

Frente a Carmen, que es el estereotipo de la femme fatale por la que los hombres pierden la cabeza, se encuentra Micaela, una amiga de la infancia de don José que aparece en el primer acto con la noticia de que la madre de éste ha caído gravemente enferma. Micaela y don José, por deseo de su madre, acaban comprometiéndose para casarse. Ésta se marcha, dejando a don José en una taberna junto a otros soldados.

En ese momento se produce el primer encuentro entre Carmen, la cigarrera, y don José. Carmen aparece como una mujer seductora y canta una habanera que hace que todos los soldados la deseen, pero no conquista a don José. Tal y como se dice en esta canción, «si no me quieres, te quiero»; Carmen se prenda de don José y le tira una rosa perfumada.

Don José se queda solo hasta que llega Micaela, pero la reunión entre ellos queda interrumpida por una pelea dentro de la fábrica de tabaco. Carmen se pelea con otra mujer, los soldados entran a poner orden y encarcelan a Carmen; pero ésta consigue seducir a don José y la libera, lo que provoca que éste mismo sea encarcelado y degradado.

Carmen y don José inician una relación, y él influido por ella, se une a unos contrabandistas y abandona sus obligaciones como militar, pero ella se cansa de los celos de don José.

Vuelve a aparecer Micaela con noticias de la madre de don José, que se muere, lo que obliga a don José a irse en busca de su madre. Mientras tanto, Carmen se enamora del torero Escamillo y aparece junto a él en la plaza de toros. Don José va a buscarla y le pide que olvide al torero y se vaya con él, pero Carmen le da la espalda y don José, rechazado, la apuñala; Escamillo sale de la plaza triunfante sin conocer la muerte de su amada.

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La cigarrera huye de los celos de don José, camuflados como un amor profundo, cuando solamente se trata de una obsesión por conseguir el control y la subordinación de la mujer. La muerte de Carmen tuvo un precio, el de su entera libertad, adelantando así a las mujeres de su época, encarnadas en el personaje de Micaela: maternales, fieles y puramente inocentes.

Carmen evoluciona en la obra de una simple cigarrera encaprichada por un cabo, hacia el papel de una mujer moderna, que sabe lo que quiere, y no limita su  libertad ni aún a costa de perder su vida.

Texto e imagen: Cristina Pérez Álvarez.

Para conocer más: https://www.youtube.com/watch?v=-OHBFbNkQEU