Puzzles de armario

Me dice mi abuela que por favor, por lo que más quiera, ordene el armario. Y se lleva las manos a la cara, como El Grito de Munch. Que cómo es posible que pueda encontrar algo entre tanta maraña, dice. Que parece el barranco de La Horchilla. Y la verdad es que mi armario no daría el pego ni para un tráiler de película postapocalíptica. Pero el caso es que encuentro mi ropa aunque las camisetas no estén perfectamente alineadas, con un espacio entre una y otra medido por láser industrial, sin una sola arruga. Así que lo que le reprocho a mi señora abuela es que, si solo yo me voy a acercar a mi armario, ¿por qué ponerle orden? O, dicho de otro modo, ¿por qué ponerle lo que, para quien no verá jamás las profundidades de mi barranco doméstico, es orden? A veces pecamos de metódicos, y lo peor es que no lo entendemos.

Me pregunto, entonces, qué es el orden. “Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”, me cuenta la RAE. ¿Y quién dictamina el lugar de mis bufandas, camisetas, pantalones? ¿Quién decreta dónde debe colocar la anciana del 5º su redecilla cuando, por las mañanas, libera su melena? Quizás uno de los muchos errores que comete el ser humano es el de permitir que le impongan un orden externo. Un orden que, al fin y al cabo, condiciona nuestra vida de una forma que raya en lo insoportable: ya no es lo práctico o lo bello o lo personal lo que prima, sino lo correcto. Y cuando alguien pregunta, ya fuera de sí, por qué demonios tiene que hacer la cama si en unas horas volverá a deshacerla, nos reímos. Porque nos tronchamos ante lo que no está recogido en el tácito acuerdo del más puro convencionalismo social. Y no pensamos que, para cualquier otra persona, esa camiseta colgada de lado en la percha de los pañuelos que se anudan en la pernera de un pantalón del que penden unas bragas puede ser la perfección. Y ese vaso que corona la mesilla de noche puede esconder, en su culo, un billete de avión. ¿Y qué importa? Es el lugar que le corresponde. Porque, para mí, el orden es un vaso vacío.

Es importante comprender que el orden que se nos vende como lógico también puede romperse. Que la vida no está escrita, y mucho menos firmada. Y eso a veces no es sólo cuestión de armarios. La estructura que nos constriñe no es irrompible, aunque la falta de aire nos cuente que es ferrosa. La cosa está en saber qué cuestionar, cómo actuar, y en no esperar que una oxidación repentina o las consecuencias de una fortuita obsolescencia programada terminen por salvarnos. Es necesario saber dónde termina lo esencial y colocar poquito a poco, como las piezas de un puzzle de armario, las ideas.

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Texto: Aida González Rossi

Fotografía: Efecto coriolis – Pedro García Lorente

El cielo está después del paso de peatones

Cada día me sorprende más el mundo. Me sorprende lo predecibles que pueden llegar a ser las personas. Aceleran fuerte, para que las oigas. Quieren que te des cuenta de que no tienen tiempo para esperar a que tú, estimado peatón, cruces la calle. Es demasiado importante aquello que les aguarda después del paso de cebra – inútil código de barras que alguien estúpido pintó en el suelo-. Es de vital importancia y tú, ignorante caracol desprevenido, no te podrías llegar a imaginar jamás la vida tan ocupada que lleva ese conductor estresado. Ellos son, como diría Horacio Oliveira, “sumamente sensibles a la discontinuidad vertiginosa de la existencia”. Por eso, no pueden permitirse contemplar procesiones peatonales en la brevedad de sus jornadas. Así, antes de que te des cuenta, el coche que tuvo que detenerse a duras penas -porque llevaba una velocidad considerable- ya ha cruzado la frontera blanca y negra. Ya está en el otro lado de la vía. Al otro lado de la vida. En un mundo paralelo de felicidad automovilística.

Pero la cuestión aquí no son los pasos de peatones– que sí, son realmente importantes- sino ese ritmo de vida que nos engulle. Un acelerón constante que nos ciega. Que nos hace circular por el universo a toda mecha, sin apenas preocuparnos de si pudimos haber matado a una persona en la calle. Algo debe estar andando realmente mal cuando es más importante no llegar tarde al trabajo que poner en riesgo la vida de alguien.

Me paso el día viendo personas nulas. Autómatas programados para trabajar hasta el fin. Nada va más allá de la obligación, del deber. Solo vale trabajar. Solo vale el éxito y la codicia. Solo lo que queda después del paso de peatones. Algo parecido al cielo en la tierra. Un éxito de dos patas: aprobar y cobrar. Así seguimos criando a más niñas y niños en el miedo al fracaso -que no es más que suspender y no tener dinero-.

Estamos empeñados en separar lo indivisible. En educar en lo antinatural. En las escuelas se sigue enseñando cálculo, lectura o escritura como actividades totalmente desligadas de los sentimientos. Aun sabiendo que las emociones son capaces de modificar la razón y viceversa. Continuamos encadenando la idea de éxito con el grado de inteligencia académica. Pero como ya apuntaba Goleman en su momento, la inteligencia académica no es buena garantía del éxito personal. La inteligencia académica es eso: capacidad para superar una prueba que el sistema educativo, en el que el individuo está inserto, le plantea. Ese tipo de inteligencia no nos da la certeza de que la persona será capaz de desenvolverse en la vida laboral y social de manera adecuada. Tampoco podemos asegurar que ese ser será capaz de comprenderse a sí mismo. De identificar sus sentimientos y emociones en el mismo momento en el que aparecen en él. Ni que sabrá identificar las emociones de las personas que se hallan a su alrededor. Y, por tanto, no nos asegura que la persona será feliz y sabrá hacer felices a los demás. Ni si le va a importar más llegar tarde al trabajo que atropellar a la ancianita que cruza el paso de peatones.

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Texto: Andrea Abreu López

Imagen: Dasaev Rodríguez Navarro