
Aviones que suben, aviones que bajan. Llenos de sangre, carne, hueso, metal. Lleno de esperanzas desesperanzada. Sonrisas que suben, lágrimas que bajan. La gente corre, grita, siente. Buscando, siempre buscando. Tratando de encontrar las vacaciones perfectas, el curro perfecto, la familia perfecta. Un conjunto de mentiras ideales que nos mueven al aeropuerto, delincuentes que pasan la frontera del pitido. Manos que soban cuerpos que no contienen lo buscado. Esperanzas guardadas en una maleta de 55×40 x20 cm. Y tanto sentimiento.
Me gusta vivir en mi aeropuerto inventado. El suelo es duro y la comida cara, pero en este espacio sin ley soy un pequeño Dios. Me gusta ver la gente ir y venir, e intuir en sus miradas entusiasmada o hastiadas, y leer entre las líneas de sus pesadas maletas, la razón de su viaje. Sus sonrisas son un poco mías cuando descubro placer, vacaciones. Otras veces mi piel queda cubierta de una capa de melancolía pegajosa. Movimiento forzoso en busca de, ¿de qué? No me gusta descubrir lágrimas de despedidas eternas. No me gusta descubrir miedo, asco, odio. Repatriados sin patria.Pobreza y Hambre, diablos rojos creados por el Dios Estado, acechan en la oscuridad a universitarios, o no, atacan en la sombra de la desesperación y obligan a tomar pateras. Pateras que cruzan las nubes, pateras sin polizones, pateras con marca low-cost que llevan lejos, lejos del hogar. Esas pateras monstruosamente aladas que convierten en lo legalmente reglado la excepción.
Los aeropuertos, tan románticos, tan míos. Cuando están tranquilos me gusta descubrir a una limpiadora, heroína de los suelos infinitos del aeropuerto, trabajando incansable. La soledad del pasillo con el runrún de su maquinaria. Cuando hay bullicio, y los extranjeros de todo el mundo se nacionalizan aeroportuarios. Con sus cintas infinitas, de maletas, de personas, escalonadas o no. Los aeropuertos siente la necesidad de estar en constante movimiento. Las tripas de un gigante que no deja de comer personas, casi al mismo tiempo que las defeca en forma de avión.
oh, mis aeropuertos, lugares donde surge el milagro. El reencuentro. Padres e hijos. Parejas de enamorados. Abuelos y nietos y padres. Viejos amigos, conocidos, compañeros de trabajo. El milagroso momento de volver a sentir el calor de otro cuerpo. Ese otro cuerpo que sabes que te quiere, que quieres. Cuerpos que se han sentido acompañados mutuamente, que se extrañan, que necesitan tocarse de nuevo, como imanes alejados forzosamente. Los reencuentros son mágicos, trágicos. Porque el reencuentro significa despedida, ruptura. Ese milagro que España ha convertido en apenas unas gotas de rocío, efímero en el tiempo, lejano en la distancia. Los reencuentros en su digna magnanimidad no perdonan los vuelos que siguen subiendo, que volverán a subir, o que bajan lejos de ellos. Monstruosos aviones símbolos de la partida. Incómodas maquinarias que clavan su hierros en tus rodillas, en tu espalda y, lo peor, en lo profundo del alma. Aviones que suben, aviones que bajan. Ojalá nunca más nadie esté obligado a tomar un avión. Que los aviones no nos roben la esperanza, que no nos roben el corazón.
Texto: Cristina Jerez Jiménez
Imagen: José Carlos Lorenzo León